15/6/18

Reseña #119: Mi isla



Reseña #119: Mi isla

 ¡Hola, hola, hola!

 ¡Mitades de mes! Un par de semanitas y estaremos en julio, ¡qué ganas! ¿Qué me decís vosotras y vosotros? ¿Tenéis ganas de julio? Con la de cosas buenas que tiene, con esas horas para leer – sí, sí, esas en las que hace tanto calor que respirar es una proeza -, con esas noches en las que por fin entra un poquito de viento por la ventana y se puede dormir… ¡Y el tiempo! ¡La de tiempo que hay para leer! ¿Tenéis alguna cosita preparada? ¡Contadme, contadme, contadme!

 Hoy os traigo la reseña de un libro que leí en enero. Sí, en enero. Lo sé, lo sé, lo mío con la organización es muy chungo. De verdad que me esfuerzo, pero nada, que no acabamos de llevarnos bien. No me enrollo más, ¡dentro reseña!


Ficha técnica


Título: Mi isla 
Autora: Elísabet Benavent 
Editorial: SUMA 
Número de páginas: 536 
ISBN: 9788491290148
Preció libro físico: 16,90
Precio formato electrónico: 9,99€

Sinopsis

 Maggie vive en una isla y regenta una casa de huéspedes...
 Maggie tiene un huerto y casi siempre va descalza...
 Maggie no quiere recordar por qué está allí; duele demasiado...
 Maggie ha renunciado al amor y es complicado explicar los motivos...
 hasta que conoce a Alejandro...
 y la calma da paso a una tormenta de sensaciones...
 y a la posibilidad de que tal vez sí se puede empezar de nuevo.


Mi opinión


 La isla en la que vive Maggie está en el Mediterráneo. Un trocito de tierra maravilloso, con esas calas de ensueño, el sonido de las olas y el olor a sal. Un sitio tranquilo en el que tiene una pequeña hospedería, la que fue casa de su abuela convertida en un retiro espiritual sencillamente maravilloso. Pero hay más. La señora Mercedes, que tiene más de setenta años, es su mejor amiga. Una mujer divertida, parlanchina y terriblemente intuitiva.

 Un día llega a la isla un chico cualquiera. Una nueva persona que sólo quiere escapar de todo. Ahora bien, Alejandro no es un nuevo huésped, alguien que llega y se va. Alejandro Duarte, el chico que huye de la fama, de los flashes y la publicidad. Alejandro Duarte, que pone el mundo de Magdalena patas arriba, aunque ninguno de los dos esté preparado para lo que tiene que pasar.

 Elísabet Benavent es una autora de la que os he hablado muchas veces. Divertida, dulce, prometedora, desgarradora… y cruda. Así es la prosa de la novela. Dulce mientras están en la isla, tanto que no podía evitar sonreír. Cruda cuando los problemas aparecen.

 No, esta no es una novela de “chica conoce a chico y se enamora”. Pese a que eso pase – oh, por Dios, todo el mundo sabe que pasa, no me digáis que es un spoiler –, pese a que es cierto que el libro es, en esencia, una historia de amor; Mi isla nos habla de temas tan fuertes como la salud mental, la superación y la aceptación.

 Maggie no es una protagonista al uso. No es una narradora divertida, pizpireta y despreocupada. Es una chica que lo ha pasado mal, que no ha sabido gestionar su vida y que, por tanto, ha tomado la difícil decisión de retirarse de todo. Prácticamente incomunicada, alejada de cualquier cosa que pueda devolverla de nuevo a sus antiguos vicios; no está preparada para el huracán que supone Alejandro. No está preparada para enamorarse. No está preparada para salir de la isla. Pero, ante todo, no está preparada para enfrentarse a su antiguo yo.

 Como no quiero desvelar nada, me detendré en cómo se desarrollan las cosas en la isla – de la que, por cierto, ni siquiera nos dan el nombre. Me pareció un detalle muy tierno, o tal vez es que me pilló en un momento muy tonto –. Maggie pasa el día limpiando, cocinando, cuidando el huerto y charlando con la señora Mercedes, personaje que es una joya, una mujer maravillosa que no hace más que sorprender. Esa señora es genial, os lo prometo.

 Me gustó que Alejandro no fuera el típico tío que va de conquistador, uno de esos chicos que creen que tienen el mundo a sus pies; y es que nuestro protagonista masculino es tierno, dulce y… demasiado paciente. Esto os lo cuento porque Maggie es de trato difícil, tan sumamente complicada que todo lo tergiversa, convirtiéndose en la víctima de palabras que, en un principio, no cuentan con segundas intenciones. Todo tiene sentido, no creáis; pero el pobre Alejandro no lo sabe y Magdalena, desgraciadamente, tampoco.


 Y ahora, bienvenidas y bienvenidos a la Zona Spoiler


 No esperaba que el problema de Maggie fuera el que, en efecto, es. Me explico. En mi cabeza ya me había montado la historia casi prototípica de antigua relación tóxica, terrible y abusiva. Si bien es cierto que nuestra pequeña hermitaña tiene un historial algo cuestionable, no van por ahí los tiros. ¡Ni mucho menos!

 La llegada a Nueva York, el paso por Barcelona y Madrid… una vorágine de desgracias, eso fue. Se nos deja claro que, una vez fuera de la isla, sólo el azar y la buena suerte estarán de parte de Maggie. Ambas cosas fallan, por supuesto. Una estilista, una chica que se dedica a asesorar la imagen de gente podrida de pasta; y un modelo. Blanco y en botella, ¿verdad?

 Creí que no caería. Al menos no tan a lo bestia, de un modo tan fulminante. Creí, de forma totalmente inocente, que Maggie sería capaz de sobreponerse a la situación. Sí, amigas y amigos, fui tonta y pensé que sería él y no ella quién lo tirarían todo por la borda, quien convertiría una relación preciosa en una pesadilla. Me equivoqué.

 Destructiva, suspicaz, iracunda y terriblemente cínica. Así es Maggie. Una chica que tiene un problema, un problema enorme que no gestiona. Tras la estancia en Nueva York y la vuelta a la isla, nuestra protagonista siente que tiene que avanzar. Avanzar hacia el desastre, porque la vuelta a Madrid y la consiguiente necesidad de vivir con Alejandro se convierte en la excusa.

 El problema, os decía. Ay, el problema. Malas compañías, dinero fácil, compras compulsivas, mala alimentación, drogas y… dejadez. Una chica que se convierte en un saco de huesos, una sombra de sí misma. Una chica que usa a su novio, sólo porque una de sus “amigas” lo quiere para él. Una chica que sabemos que es maravillosa, pero que se pierde en sus pensamientos. Fiesta, fiesta y más fiesta. Es todo lo que quiere. Ojo, no digo que eso sea malo – salir de fiesta es la hostia, tod@s lo sabemos –, sólo os cuento que su forma de gestionarlo es atroz.

 Alejandro y Magdalena se diluyen. Él llora cada día, porque ya no la reconoce, porque la chica de la que se enamoró se muere poco a poco, destruyéndose a sí misma y a todas las personas que la quieren. Ella no comprende que tiene un problema y cada día estira más y más del hilo. Hasta que no queda nada. Hasta que él dice basta.

 Un libro duro. Un libro que rompe. La faceta amable, los momentos dulces… todo desdibuja en un pozo de odio y autodestrucción. No quiero deciros cómo se arregla todo, aunque sí os diré un par de cosas. Alejandro, aunque hizo lo correcto, tomó muy malas decisiones. La venganza no lleva a ningún sitio, esa es la verdad, y aunque es cierto que entendí los motivos por los que hizo lo que hizo, no puedo más que sentir cierto reproche.

 El final es precioso. Precioso, aunque ligeramente agridulce. Las últimas páginas son… son desgarradoras. Ver cómo Maggie lucha por no volver a caer, por mantenerse a flote y estable; ver cómo Alejandro al final decide arreglar las cosas… Chapó.


Con todo, Mi isla es una novela preciosa, cargada de momentos difíciles. Un libro desgarrador, con unos protagonistas sencillamente geniales. Tenéis que darle una oportunidad a Maggie y Alejandro. Estoy segura de que no os dejarán indiferentes.

Nota: 5/5


Citas


(…)

 El ser humano es especialista en quitarse de encima la culpa y hundir la cabeza en la tierra como las avestruces.

(…)


(…)

 Todo en aquel lugar me parecía aburrido e intenso a la vez. Pero me acostumbré; si algo aprendí en aquella época fue que el aburrimiento es una sensación caprichosa que desaparece si uno se empeñe en que lo haga. Aprecié el silencio y aprendí a escucharme.  Me di cuenta de que cuando una está bien sola, lo demás da igual.

(…)


(…)

 Cuando somos niños todo nos resulta más dulce, más rico y más nuevo.

(…)


(…)

 Las páginas de una novela son un buen lugar donde refugiarse y hacer amigos que, aunque desaparecerán cuando la cierres, siempre quedan un poco en ti.

(…)


(…)

 Así era yo; si algo se me metía entre ceja y ceja solo existía una posibilidad: conseguirlo. Una vez alcanzadas, las cosas dejaban de importarme; y sí, con cosas me refiero también a personas. Cosificaba la vida, materializaba el afecto y me perdía intentando convencerme de que era así para todo el mundo y que el amor no era más que una cabezonería. ¿Quién podría seguir manteniendo el interés después de un tiempo?

(…)


(…)

 Cerrarse no significa superar algo, significa no mirar.

(…)


(…)

 Qué mentira más bien ensayada. Nada te enseña a no sufrir y si realmente existe algo así, no deberíamos acercarnos.

(…)


(…)

 Pero así es el ser humano, capaz de estar triste por lo feliz que será durante unas pocas horas.

(…)


(…)

 A veces basta con creer que allá, a lo lejos, hay caída libre hacia la nada de la que no sobreviviremos; no hace falta ir hasta allí y palpar el margen con nuestros pies.

(…)


(…)

 Dos, qué palabra tan bonita para tener solamente tres letras.

(…)


(…)

 Querer soluciona la soledad, pero entorpece la existencia porque anule el instinto de supervivencia, aviva el placer de hacernos daño y multiplica los problemas. Vaya…, perdonad la crudeza de las palabras, pero siento que en esa glorificación del amor que encontramos en todas partes se les olvida la cara oscura, la que nos hace a veces peores personas porque despierta nuestros temores más antiguos. El amor nos hace capaces de las mejores y de las peores cosas, tengámoslo claro.

(…)


(…)

-Maggie, ¿aún no lo has entendido? Ya tienes una edad, hija…, despierta. Nadie ha nacido para nada. No hay un plan enorme que nos comprenda a todos y a nuestros actos. La vida es vida y ya está, sin destinos, azar o designación divina. Venimos a vivir y a intentar ser felices. Cómo lo seas es cosa tuya.

(…)


(…)

 En la vida real las expectativas son una puta mierda presuntuosa con la que vestimos una necesidad. Si la realidad no llega a cumplirlas es solo culpa nuestra, porque exigimos sin pensar que lo que damos a veces puede no compensar.

(…) 

8/6/18

Retazos #6: Oda a los malos recuerdos



Oda a los malos recuerdos


¡Hola, hola, hola!

 Como viene siendo costumbre desde mitades-finales de mayo, estoy MUY desaparecida. Tanto que ya me da vergüenza. Prometo que le robaré horas al fin de semana – sí, sí, pelearé duro – para poder pasarme por vuestros espacios, ¡qué son joyitas!

 Pero contadme, ¿cómo os va todo? ¿Estás teniendo días buenos? Espero que sí. Yo la verdad es que voy de “hostia en hostia” y tiro porque me toca. Eso sí, aquí el sentido del humor es lo último que se pierde y, oídme, aunque un poco retorcido, voy bien servida de eso.

 Hoy vengo con ganas de filosofar un poquito. No, no me he fumado ningún porro, palabra. Lo que quiero hacer hoy es hablar con (escribir para) vosotras y vosotros algunas cositas que llevan días rondándome la cabeza. ¿No dicen que la escritura cura? Pues vamos a ello.





Oda a los malos recuerdos


 Hay un dicho, uno especialmente crudo. “Piensa mal y acertarás”, dicen. Creía que era falso. Sí, lo creía. No dejé que me afectara. Ni la certeza de que todo iba a salir mal ni el hecho de que cada acto, cada pequeño gesto, indicará que, efectivamente, íbamos de cabeza a un pozo.

 No te lo dije ese día, pero me dolió. Me dolió el batacazo, ese contacto contra una pared metafórica. Ese que decía: “eh, al final ha pasado”. Si aguanté fue sólo porque, entre mis muchos defectos, destaca el orgullo. Orgullo herido. Orgullo tocado y hundido.

 No me gustan las mentiras. No me gusta la hipocresía. Ni siquiera me gustan las medias tintas, esas frases veladas que, en el fondo, sólo significan una cosa: “te estoy mintiendo”.

 El caso es que… pasó algo. Algo que me dio la razón en todas mis dudas. Ni siquiera sonreías. Las sonrisas, muchas veces, hablan por nosotras, por nosotros. Las sonrisas dicen lo que no nos atrevemos a decir con palabras. Qué pocas sonrisas vimos, ¿verdad? Qué pocas. Y qué falsas.

 Me martiricé mucho. Quise convertir todo lo sucedido en una falta mía. Quise, pero no pude. Las palabras tronaban mis oídos. “Piensa mal”, decían primero; “y acertarás”, añadían, con ese tono meloso, casi jocoso.

 No, no fue mi culpa. Puede que tuya tampoco, aunque aquí, lo siento, tengo mis reservas. El caso es que, en realidad, ni siquiera importa. Tú sonreías con esa falsedad pegadiza, esa que decía “esto no va a volver a pasar”. Y yo aguantaba. Aguantaba porque el orgullo me empujaba a hacerlo; porque, ¡joder!, tenía que hacerlo. Debía hacerlo. No sé qué me demostré a mí misma. Ni siquiera sé si fui capaz de demostrarte algo a ti. Lo que sí sé es que, por una vez, entendí el símil. Te hablo de un símil sencillo, ese en el que nos presentan dos trenes que van por la misma vía, pero en direcciones contrarias. Supongo que eso fuimos tú y yo.

 Jodimos las expectativas. Las jodimos a base de bien. Tú las reventaste. Yo las hice estallar. Ni tu carácter, ni el mío. Ni tus gestos, ni los míos. Sólo un silencio. Uno espeso que nos sobrevolaba, susurrando todo lo que no queríamos decir en voz alta. El miedo. Qué asco de miedo, ¿verdad? La educación, el respeto y la hipocresía. ¡Qué fácil es buscar culpables, y qué mal lo hicimos todo!

 Sinceramente, creo que nos lo merecíamos. Sí, nos lo merecíamos. Tú y yo. Un choque. Un solo choque que hizo estallar todo lo que tenía que estallar. Tú fuiste, tal vez por primera vez en mucho tiempo, quién de verdad eras. Yo no sé lo que fui. Ni siquiera ahora, mirándolo con mucha perspectiva, habiendo calmado los ánimos. No, no sé qué fui. No sé quién fui. Pero no me gustó. No me gustó nada.

 Contrariamente a lo que puedas pensar, a lo que pueda pensar yo, no hay rencor. Ya no. Hay un vacío, una decepción profunda, una que me hace recordar las viejas palabras, esas toscas, agoreras. “Piensa mal y acertarás”. Ojalá hubiéramos pensado un poco más, ¿verdad? Ojalá hubiéramos sabido decir que no.

 Te invito a que reflexiones. Me invito también a mí misma, ahora que todo se ha calmado, que las aguas han vuelto a su curso. Ahora que la monotonía lo impregna todo, sumiéndonos en ese curioso estado de somnolencia, esa acompañada de suspiros, resoplidos y bufidos. Te invito, porque te echaré de menos. Tanto que, en realidad, todavía no puedo darle un número, no puedo expresarlo con palabras. Al menos no sin caer en tópicos.

 Reflexiona. Piensa qué hicimos y por qué. Tal vez llegues a las mismas conclusiones que yo. O no. Quién sabe. En el fondo, siempre seremos dos trenes a punto de colisionar. Yo levantaré la barbilla, orgullosa. Tú ladearás la cabeza, fingiéndote inocente. Entonces nos veremos las caras. Y tal vez, sólo tal vez, pensemos en las expectativas, las sonrisas que murieron antes de nacer y los silencios.